Llegará el día en que las lechuzas y búhos dejen de ser
animales nocturnos, y el hombre podrá verlos arrastrarse por el suelo, sin
alas, como pobres gusanos.
El día que la luna llegue a tocar el horizonte, el lobo
abrirá sus fauces para devorarla, pero llegará tarde. Será el búho, batiendo
sus alas, el que se la arrebate. Y cerrará el tragadero con un gruñido sordo, y
todo dará la vuelta.
Con el ulular victorioso de los que no saben, el gran búho
tratará de elevarse, segundos antes de caer sin remedio al páramo, aplastado
por el peso de la luna, de la joya colgante que trató de robar.
El lobo despreciará la presa, que se debate entre débiles
quejidos, y se dará media vuelta. Aullará a la noche negra, al tímido fulgor
que sólo las estrellas despiertan ya en el cielo oscuro.
Mary Jane,
Mary Jane, ¿puedes escucharme?
Escóndete, Mary Jane. El lobo está furioso.
¿Has visto ese cometa, Mary Jane? Era un búho. Se ha comido
la luna. Mary Jane, ¿dónde estás?
Y caerán como meteoros todas las aves nocturnas. Como si
fueran bolas de fuego, que chillan desesperadas. Fuego vivo.
De día, los gorjeos sonarán como risas, y los picos de las
aves que duermen cuando oscurecen señalarán a las emplumadas orugas que ahora
se agazapan entre las hojas.
Estoy aquí, no temas. El lobo no puede pasar, ya casi
amanece. No llores, estoy aquí. No llores.
No llores.
Llorarán los búhos y lechuzas, avergonzados de su devenir.
El quejido lastimero se extenderá por la planicie, augurando carne fresca e
indefensa. Augurando una presa fácil, descubriendo su situación.
Tengo miedo. Tengo
miedo. Echará la puerta abajo.
Vendrán los cazadores, los matarán a miles. Puede que los
disequen, o los sirvan como entrantes. O puede que los dejen vivir,
aterrorizados por la visión de un rey destronado.
No servirá de mucho. Cuando lleguen los lobos, comenzará el
festín.
No llores. Ya casi amanece.

